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Nos urge guardar silencio, distancia y perspectiva para mirar lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

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El silencio es la ausencia de ruido, en el ámbito de la comunicación humana, significa abstención de hablar. Este fue el breve silencio al que nos lanzó la pandemia y que nos ayuda a hacer pausas reflexivas para tener más claridad de nuestros actos. Aprendimos, por un momento, que podemos vivir sin lujos y apariencias, “a prescindir de lo prescindible” y que la salud mental es una parte fundamental de nuestra vida.

Es indiscutible que nos creó una situación de urgencia, de desconcierto e incertidumbre de todo orden. Los cambios nos plantean exigencias que pasan por nuestros principios y por el papel que, como individuos, debemos tener como agentes de esas transformaciones que nos permiten trazar un camino hacia el futuro.

El silencio contribuyó a que “no haya interferencia”, los sonidos que emitimos, se tornan «estresantes» para el sentido auditivo de los animales, así que la disminución de este ruido incidió para que los animales y la naturaleza en general tuvieran un respiro. También el silencio, nos puso a mirar sentados la fotografía humana, nos mostró donde está situado el poder y donde reside. Víctor Hugo dice en Los Miserables: “a los que ignoran, enseñadles todo lo que podáis; la sociedad es culpable de no dar enseñanza gratis: es responsable de la noche que produce. Esta alma está llena de sombras, y allí se comete el pecado. El culpable no es quien ha cometido el pecado, sino aquél que ha hecho la sombra”.

Y Gabo para la pandemia de El Amor en los Tiempos del Cólera “¿Entonces quieres decir, como dices, que, si me quitan algo, para ganar debo privarme de otra cosa? Exactamente, yo hice cuarentena hace 7 años atrás ¿Y de qué te tuviste que privar? Tuve que esperar más de 20 días en el barco. Hubo una epidemia en Porto Abril, se nos prohibió bajar. Los primeros días fueron duros. Me sentí como tú. Pronto comencé a enfrentar esas imposiciones usando la lógica. Sabía que después de 21 días de este comportamiento se crea un hábito, y en lugar de quejarme y crear hábitos desastrosos, comencé a comportarme de manera diferente a los demás. Empecé con la comida. Me propuse comer la mitad de lo habitual. Luego comencé a seleccionar los alimentos más digeribles, para no sobrecargar el cuerpo. Comencé a nutrirme con alimentos que, por tradición histórica, habían mantenido al hombre sano. El siguiente paso fue agregar a esto una purificación de pensamientos no saludables y tener pensamientos cada vez más elevados y nobles. Me propuse leer al menos una página cada día de una discusión que no conocía. Me puse a hacer ejercicios en el puente del barco”.

 

A veces los silencios hacen más ruido que los estruendos.